El necesario compromiso con Trump

WASHINGTON, DC – Si la victoria de Donald Trump en las elecciones presidenciales de Estados Unidos sacudió al mundo, hoy el mundo entero especula sobre cuál será su política y, dependiendo de las visitas del día a la Torre Trump, los ánimos oscilan entre la preocupación y el pánico. Pero recrearse en el fatalismo no es el camino. Es hora de reflexionar sobre cómo sacar el mejor partido de la situación.

Ciertamente, no es fácil. El sistema de seguridad y el modelo de cooperación global surgidos tras la Segunda Guerra Mundial se basan en el doble compromiso de EE.UU. con sus aliados y con las instituciones internacionales. Esto es tan cierto hoy –pese a la relativa pérdida de supremacía global de EE.UU.– como lo era hace 50 años.

Trump anuncia que el compromiso de EE.UU. con sus aliados está sujeto a restricciones. En el caso de la OTAN requiere que “paguen sus facturas”. También se ha declarado contrario a la articulación normativa de la cooperación internacional en distintas áreas, como en materia comercial –ha renegado del Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica (TPP)– o en la lucha contra el cambio climático –ha amenazado con retirar a EE.UU. del histórico acuerdo alcanzado el año pasado en París–. En definitiva, es de esperar que el compromiso global de EE.UU. se vea afectado sustancialmente y plantee con ello un serio desafío al orden internacional liberal.

Se trata de un giro copernicano con respecto al segundo mandato del presidente Barack Obama. Sin perjuicio de haber contribuido al desmoronamiento de piezas clave del orden mundial, fundamentalmente en Oriente Medio, Obama supo innovar buscando respuestas políticas más flexibles en las que lo informal casó con lo formal. El acuerdo de París representa la quintaesencia de este nuevo enfoque adaptado a un mundo de poder progresivamente más difuso e institucionalización más compleja. Y otras áreas, como la erradicación de enfermedades o la gobernanza de Internet, reflejan esta misma filosofía.

La era Trump apunta al unilateralismo o, peor, al desinterés por lo multilateral. Es una mala noticia para el mundo, porque más allá de ser la potencia indispensable, EE.UU. es la potencia vertebradora. Es el punto de convergencia de los vínculos que entretelan el mundo, desde el dólar hasta la seguridad, pasando por el derecho, la investigación y la innovación. Por ello, si bien el unilateralismo –la primacía de los intereses propios y cortoplacistas– sería muy dañino para el orden internacional institucional, sus consecuencias resultarán nimias en comparación con lo que podría suponer el desistimiento americano.

Porque, en teoría, otra potencia podría alzarse en sustituto de EE.UU.; pero este planteamiento no es realista. Europa carece de la unidad que exige un papel global de calado. Rusia es un buen agitador, pero le falta visión y autoridad. Y la India tiene aún un largo camino por delante.

Quizás el candidato más claro sea China. Los recientes llamamientos de Pekín respecto del Acuerdo de París y sus rápidos movimientos para llenar el vacío surgido con las primeras declaraciones de Trump sobre el TPP, evidencian su voluntad de asumir una posición más central en la cooperación global. Pero también China, lastrada por crecientes desafíos internos, está lejos del liderazgo estadounidense.

Si EE.UU. toma un rumbo aislacionista, las hegemonías regionales podrían convertirse en la nueva realidad del poder. Es bien sabido que, tras la apariencia de estabilidad que ofrecen las esferas de influencia, se esconden los grandes conflictos del poder. China, Rusia, Estados Unidos y Alemania encabezarían sus respectivas esferas de influencia, resucitando con ello los fantasmas de los conflictos fronterizos: Rusia en competencia con China por Asia Central, y con Alemania por Europa del Este.

Mientras, en África y América Latina, donde no existe una supremacía clara, los rivales competirían respaldados por hegemonías exteriores como ya ocurrió durante la Guerra Fría.

No podemos esperar de brazos cruzados porque hay mucho en juego. Por el contrario –y ahora que la administración de Trump está todavía en gestación–, debemos redoblar esfuerzos para reforzar las conexiones capaces de mantener el compromiso y la proactividad de EE.UU.

En el corto plazo, será necesario un enfoque más transaccional que fundado en principios, ya que Trump es, al fin y al cabo, un negociador nato. Las expectativas son bajas, pero no podemos renunciar a la ambición. Mal que nos pese, Trump resultará fundamental para el mundo. Debemos asegurarnos de que todo esté preparado cuando se alce el telón.